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Hace 8 años, tuve la suerte de empezar el oficio con un gran maestro cuchillero argentino. Con él aprendí lo que de verdad importa: la temperatura correcta del acero, el golpe justo en el lugar indicado, leer el color del metal mientras se forja, y cómo darle una terminación prolija a cada pieza.
 Cuando forjé mi primer cuchillo propio, no fue un plan de negocio: fue la necesidad de hacer algo con las manos, bien hecho, que sirviera durante años.
Desde entonces no paré. Con el tiempo, la experiencia propia fue sumando lo suyo, le sume mi propia impronta, hasta encontrar mi manera de hacer las cosas. Hoy cada pieza que sale de acá pasa por el mismo cuidado: se forja, se templa a la temperatura justa —ni un grado de más ni de menos— y se prueba antes de firmarla. No hago cuchillos para vitrina. Los hago para que los uses: para el asado del domingo, para que te acompañen de viaje, para que se los regales a alguien que te importa.
Creo que un cuchillo bueno es distinto a cualquier otro objeto: no se gasta, se hace tuyo. Con el uso, la hoja y el mango cuentan una historia. Por eso cada detalle —el filo, el cabo, la vaina cosida a mano— está pensado para durar toda una vida, no una temporada.
En Naja no elegimos la cantidad. Elegimos que cada pieza que llegue a tu casa sea una que yo mismo usaría. Por eso también respondemos por ella: si se rompe, te la cambiamos. Sin vueltas.